Publicado en la Revista Nova et Vetera.

La París de la ocupación nazi ha sido para el escritor francés Patrick Modiano mucho más que el tema central de buena parte de su obra, pues constituye el escenario sin el cual –según sus propias palabras– su existencia misma no hubiera sido posible[1]. Movido quizás por esa deuda histórica se ha ocupado de guardar la memoria de uno de los hechos más lamentables de la historia, tal y como lo atestigua la generosa descripción de la Academia Sueca tras concederle el Premio Nobel de Literatura en el año 2014: “Ha revelado el mundo de la ocupación”.[2]

No obstante, las siguientes líneas se apartarán del curso que siguen las obras que se desarrollan con este trasfondo histórico, para ocuparse de tres títulos que resultan fundamentales para experimentar la otra gran porción de su prosa, constituida por la constante búsqueda de las tenues huellas dejadas por personajes anónimos, considerada por la Academia como “el arte de la memoria con que se evocan los destinos humanos más inaprensibles”.

Los recuerdos confusos de personas, situaciones y lugares, cuyos vacíos refaccionados con invenciones los hace poco confiables, constituyen lo que conocemos como el “mundo modianesco” aderezado con un constante deambular por una París descolorida y misteriosa, que evoca los penosos recorridos de Michel Poiccard y Antoine Doinel, hijos predilectos de la nouvelle vague.

La calle de las tiendas oscuras

No soy nada. Solo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café.[3]

La frase inicial de esta novela, publicada en 1978 y que además fue mi primer acercamiento a la obra de Modiano, entrega una idea bastante clara del tono en el que desarrolla la historia y de la forma en la que su protagonista, Guy Roland –nombre que recibió a falta de uno propio- se ha visto sometido a la pérdida de la identidad que es en esencia el meollo de la trama.

Después de trabajar en una agencia de detectives durante ocho años, el protagonista de la novela inicia una búsqueda de los indicios que le permitan reconstruir su propio pasado, dejando en evidencia la fragilidad de la memoria que le impide recordar incluso los datos más elementales de su identidad.

A continuación una sucesión de encuentros con personas que el narrador califica como “gente tan peculiar. De esa que no deja a su paso sino un vaho que enseguida se disipa”[4], que parecen materializarse solo para rendir testimonio ante Roland, tras lo cual vuelven al limbo del interminable del olvido. Ninguno de ellos aporta datos concluyentes, solo fragmentos sin valor por sí mismos, pero que unidos proporcionan nuevas pistas, como su posible origen suramericano y el nombre Pedro que podría ser el suyo propio.

Luego más entrevistas con personajes fantasmagóricos que le permitieron vislumbrar la figura de Denise, que sin duda había sido importante en su vida, pero que se presenta como una imagen borrosa, lo que vendrá a ser una constante en la obra del francés. A partir de entonces los oxidados engranajes de su memoria empiezan a funcionar, aunque solo producen recuerdos fragmentados, cuyas conexiones cada vez más frecuentes, logran configurar los recuerdos de una vida propia.

Salen a la luz vínculos con personas de dudosa reputación y aparece en escena un nuevo ingrediente: el miedo, con el que el protagonista pareció convivir durante mucho tiempo y que lo llevó a intentar huir a Suiza vía Megève, a lo que sigue una cadena de recuerdos dolorosos que terminan por reconstruir su historia, que ahora se le presenta tan real como lejana.

Una niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre. Llora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?[5]
Así concluye la lectura de esta pequeña novela que deja una inevitable sensación de despojo y melancolía, pero resulta ideal como puerta de entrada al mundo modianesco.

El horizonte

Tras unos pocos minutos a solas con El horizonte, la primera impresión que queda es la de una obra muy similar a La calle de las tiendas oscuras, pues en esencia también se trata de una búsqueda por los recovecos de la memoria, que tiene lugar en las calles de París, mostrando lugares y personas que se desvanecen. Sin embargo, aun con las características modianescas de manifiesto, esta novela del año 2010, presenta diferencias considerables que configuran su propio carácter y las diferencian del resto de la creación del autor.

Jean Bosmans, el protagonista de la historia, provisto de unos recuerdos igualmente frágiles por la edad y el paso de los años, pero completamente seguro de su identidad y de los acontecimientos pasados, se embarca en la búsqueda de Margarete Le Coz, con quien mantuvo una relación treinta años atrás.

Se reviven entonces los entrañables pasajes en los que sus vidas se cruzaron y su mutua compañía les proporcionó una efímera sensación de bienestar, en medio del desamparo  producido por el miedo, que en esta ocasión es menos etéreo, con rostro y nombre propio, encarnado en la figura del brutal Boyaval, cuya obsesión por Margarete lo ha llevado a seguirla por Suiza y Francia; y en el caso de Bosmans, representado por su madre, cuya siniestra figura lo asecha incluso en sus sueños.
Ese mismo miedo los lleva a refugiarse en los extramuros de París, desde donde tratan de llevar una vida con relativa normalidad, hasta que una fortuita situación los involucra con la policía y precipita la huida de la joven y su desaparición en la maraña del tiempo, que en esta ocasión también juega un rol decisivo, pero ya no implacable como el del verdugo, sino benévolo y sanador, despojando de su poder a lo que una vez ocasionó miedo y desesperación.

Se trata sin duda de una lectura reconfortante desde el título mismo hasta su desenlace, que deja entrever sin mayor estrépito un horizonte de esperanza, ante cuya inmensidad desaparecen las sombras.

Para que no te pierdas en el barrio

Publicada en 2014 y traducida al español un año más tarde, esta obra es la muestra más reciente del territorio Modiano, en la que fragancias, imágenes y testimonios de terceros que van apareciendo como espectros ayudan a reconstruir la propia existencia del protagonista, Jean Daragane, un escritor apartado del mundo cuyos recuerdos dormidos se reactivan ante el encuentro con un desconocido que le contacta con el pretexto de entregarle una libreta de direcciones que ha perdido.

Regresan así las imágenes de la infancia de Daragane, en las que la madre –una vez más ausente- lo deja al cuidado de una joven, con la que desarrolla una relación muy cercana, pero cuyos vínculos con turbios personajes, terminarán por hacerla desaparecer de la vida del protagonista.

La narración se confunde en los intentos por recuperar la memoria de aquellos días, que se desarrolla en dos planos temporales, el ya mencionado de la actualidad y otro, ocurrido varias décadas atrás, cuando Daragane se sumerge en la búsqueda de Anne Astrand, su joven protectora, a la que encuentra gracias a un fragmento de su novela La negrura del verano, escrita con la única finalidad de enviar un mensaje cifrado, solo inteligible para ella.

El miedo se hace presente en esta obra y lo hace en una de sus versiones más naturales, el miedo del pequeño Jean, a quedarse solo en el mundo, a perderse en el barrio y no poder regresar a casa. La memoria en este caso, se presenta como algo arbitrario y así los personajes deciden olvidar los pasajes que resultan más vergonzosos o dolorosos.

De la misma forma en la que lo hacen las dos novelas anteriores Para que no te pierdas en el barrio va llevando al lector por un recorrido extenuante, en el que alcanzar el objetivo de reconstruir el pasado, no necesariamente resulta gratificante, pero que tras sopesar todos las sensaciones que genera, constituye una pieza invaluable, como un éxito cinematográfico de los años 50, rescatado del olvido una tarde de domingo, que nos hace añorar un mundo que jamás volverá.

Concluye este periplo –con el que se espera procurar un feliz encuentro con el autor- con la reproducción del siguiente pasaje de su discurso de aceptación del Premio Nobel, en el que describe una de sus fuentes primarias de inspiración.

Así fue como, en mi juventud, para ayudarme a escribir, intentaba dar con guías telefónicas viejas de París, sobre todo con esas en que los apellidos están recogidos por calles, con la numeración de las fincas. Me daba la impresión, página tras página, de tener ante la vista de una radiografía de la ciudad, pero de una ciudad sumergida, como la Atlántida, y de respirar el olor del tiempo. Como habían pasado los años, los únicos rastros que habían dejado esos miles y miles de desconocidos eran sus nombres, sus señas y sus números de teléfono.[6]
Referencias
Modiano, P. (2014). Discurso en la Academia Sueca. Editorial Anagrama.
The Nobel Prize in Literature 2014
Modiano, P. (2009). La calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama
Modiano, P. (2010). El Horizonte. Editorial Anagrama
Modiano, P. (2015). Para que no te pierdas en el barrio. Editorial Anagrama

Tres obras para adentrarse en el universo literario de Patrick Modiano

 


[1] Modiano, P. (2014). Discurso en la Academia Sueca. Editorial Anagrama.

[3] Modiano, P. (2009). La calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama S. A

[4] Modiano, P. (2009). La calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama S. A

[5] Modiano, P. (2009). La calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama S. A

[6] Modiano, P. (2014). Discurso en la Academia Sueca. Editorial Anagrama.

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