photography-801891_640.jpgPublicado en la Revista Nova et Vetera.

Escribir un artículo en contra del uso de los teléfonos móviles resultaría cuando menos ingenuo e improductivo, sin mencionar que constituiría un flagrante ejercicio de doble moral, si se tiene en cuenta que a la existencia de estos dispositivos se debe en buena medida mi actividad profesional principal. Del mismo modo en el que los beneficios de esta tecnología han cambiado para bien nuestras vidas, debemos aceptar que sus efectos adversos también llegaron para quedarse, de tal suerte que la alienación y el aislamiento ya son características indelebles de la nueva humanidad, sin que podamos hacer nada al respecto, salvo cuando, como ocurrirá a continuación, nos permitamos la nostálgica licencia de reflexionar sobre lo que hemos perdido.

Este balance es tan extenso como variado, según sea el punto de vista desde el cual se lleva a cabo. Sin embargo, me referiré en esencia a lo que se ha perdido en el mundo narrativo. Esta inquietud se ha plasmado, por ejemplo, en varias cartas intercambiadas por Paul Auster y John Maxwell Coetzee y que forman parte de la recopilación de más 3 años de correspondencia entre ambos escritores, que se publicó en 2012 bajo el título de Aquí y ahora.

El primer recurso que ya empezamos a echar de menos es la vieja y efectiva premisa de la imposibilidad de que dos personajes puedan comunicarse en un momento determinado, alrededor de la cual se han tejido miles de historias y que de ahora en adelante solo estará a disposición en las narraciones históricas, o como producto de una serie de inusuales acontecimientos ligados a las barreras tecnológicas.

Tampoco volverán a ser lo mismo las historias de celos e infidelidades con un mundo hiperconectado, que convierte en obsoletas bien sea las viejas fórmulas de engaño o las estratagemas de las parejas controladoras.

Este panorama condena a la extinción a la novela negra tal y como la disfrutamos en el siglo pasado y lo que es más grave aún, no deja lugar alguno para la figura del detective taciturno. Ese personaje emparentado con las cabinas telefónicas y la dulce espera de la correspondencia que aportaría información definitiva para la conclusión de una lenta y penosa investigación, que, con los medios a disposición hoy, correría el riesgo de resolverse en cuestión de horas.

Y qué decir de las historias de amor que ya no se verán afectadas por muchas de las tradicionales barreras, acelerando los momentos trascendentales de las declaraciones y rupturas, volviéndolos a la vez algo tan impersonal e intrascendente que de ninguna manera podría sostener el peso de una narración de 100 o 200 páginas. Claro está que en estas circunstancias los románticos deberán aprender a sortear nuevos obstáculos, tal es el caso del intrépido pretendiente que no tendrá a su disposición el directorio telefónico para ponerse en contacto con la persona que ha motivado su interés.

No caben dudas de que muchas de las más grandiosas historias de la literatura contemporánea ya no serían posibles en nuestros días. Lo que vi confirmado con la reciente relectura de El túnel de Ernesto Sábato, motivada por una extraña pero afortunada circunstancia. Cuanto más llevadera hubiera sido la angustia de Juan Pablo Castel al tratar de comunicarse con María si en lugar de someterse a los impersonales recados hubiera podido hacerlo a través de su teléfono móvil. Cuanto menos inaprensible hubiera resultado para el pintor la figura de la joven si en lugar de elaborar miles de hipótesis sobre ella, hubiera logrado conocerla mejor mediante incesantes conversaciones a través de aplicaciones de mensajería. Pero ¿Qué habrá sido de esta épica obra si todo esto hubiera sucedido?

Contrario a los que estas reflexiones podrían sugerir, renunciar a la reconfortante seguridad de estos lugares comunes también se constituye en una fuente inagotable de inspiración para la literatura, que como la vida misma terminará por asumir como única realidad la apremiante necesidad de conservar cerca ese pequeño aparato convertido en una extensión corporal, del que dependen por igual las relaciones, los anhelos y las pasiones.

 

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