destacadaPublicado en la Revista Nova et Vetera.

Resulta por lo menos llamativo, tratándose de uno de los más grandes escritores españoles del siglo pasado, que al mencionar el nombre de Camilo José Cela la historia devuelva la imagen de un hombre polémico, escatológico, casi brutal y no la del sensible autor de una grandiosa y extensa obra que representa a la perfección la España de la Guerra civil y las décadas posteriores. Resulta también elocuente que su sola mención traiga a colación episodios tan oscuros como su breve paso como censor de la dictadura franquista y deje de lado la batalla que sus primeras y más grandes novelas libraron contra esta misma institución para salir a la luz.

Pero ¿Por qué es posible el paradigmático episodio de memoria colectiva selectiva frente al autor? Tal vez la respuesta se encuentre en su explosiva personalidad que lo llevó a cometer lo que desde hace algunas décadas se considera como algo imperdonable: tomar partido. Lo hizo además en una época en la que lo recomendable era, en palabras del oficialismo, ‘andarse con cuidado’ frente al régimen, pero también ante la opinión pública”. Por si fuera poco esta trasgresión se cometió en contra del comunismo, algo que entonces ya era mal visto por el mundillo cultural y que hoy resulta la receta perfecta para caer en desgracia.

Así se configuró la entrada voluntaria de Cela a una hoguera que aún es atizada hoy, como lo era en aquellos días, por artistas e intelectuales, que cada vez más abrazan por moda, conveniencia y en menor medida por convicción, la defensa a ultranza de una tolerancia sin límites frente a cualquier circunstancia, menos, claro está, frente a una idea contraria y Dios no lo quiera, conservadora. También contribuyen a avivar ese fuego los que, tal y como lo describe de forma valiente y acertada nuestro editor en su columna de la edición pasada de esta revista, se mantienen en la peligrosa comodidad de lo políticamente correcto[1] y evitan a toda costa aventurarse a asumir una postura propia, por falta de argumentos o por temor a la réplica. Estos últimos cuyo destino sentenció Dante hace más de 700 años:

“Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral”.
Sin embargo hoy, cuando hace apenas unos meses se cumplió un centenario de su nacimiento, podemos disfrutar de una imagen diferente de CJC, alejada de los juicios apresurados y que nos deja ver su dimensión humana y familiar, capaz de protagonizar las contradicciones más insólitas. Esto es posible gracias a su hijo Camilo José Cela Conde, quien con motivo de esta conmemoración presentó el libro Cela, piel adentro, motivado por el afortunado hallazgo de cerca de un millar de cartas de sus padres, que relatan de primera mano y sin lugar a equívocos algunos de los pasajes más sonados de la vida del escritor, así como otros hasta ahora desconocidos.

Las contracciones en la vida de Cela son evidentes desde el génesis de su obra, pues a pesar de haber  mostrado públicamente simpatía hacía el oficialismo, su ópera prima  La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942, fue censurada y descrita por el director general de Propaganda como “una novela que predispone a la náusea”[2]. Similar suerte corrió La colmena, de la que el autor llegó a presentar hasta cinco versiones que no lograron superar el filtro gubernamental y solo pudo ver la luz en Argentina, en 1951.

Ese mismo que tras consumarse su éxito fue señalado una y otra vez como escritor de ultra derecha, se había convertido en el centro de atención del aparato de censura del régimen franquista, por ser señalado en no poca veces de ‘rojo’. La prohibición no se limitó únicamente a sus dos novelas, sino que extendió a sus conferencias y colaboraciones periodísticas para medios como Arriba, que se habían convertido en su único medio de subsistencia.

Aquellos eran tiempos de carencias y para obtener ingresos adicionales CJC incursionó en oficios tan dispares como novillero o actor de cine. De esto último queda como constancia el fragmento de una carta escrita a su esposa Charo en 1949:

Queridísima Charo
Pasado pasado mañana –días 7- es tu santo y yo ya quiero empezar, desde hoy, a felicitarte. No sé si pasaremos, o no, el día juntos pero, en todo caso, ten la seguridad de que la separación, a quien más ha de doler, es a mí, que cada día te quiero más, que cada día te hecho más de menos y que cada día estoy más triste de ser pobre y tener que estar separado de ti.[3]
Esta carta da cuenta además de un CJC sensible, desesperado y con su confianza minada por los embates de la miseria, lo que dista mucho de la figura altiva e incluso temible que alimentaba el autor con cada una de sus intervenciones, tras la definitiva llegada del éxito a su vida. Tampoco coincide con imagen casi surreal que de él se encargó de difundir la prensa rosa, durante los últimos años de su vida.

El suceso de Cela se debe en gran parte a su aventura americana, que no empezó de la mejor forma, cuando con sus últimas pesetas en el bolsillo y provisto de ediciones de lujo de sus obras como ofrendas para las personalidades de turno, arribó a Bogotá con un ejemplar con las iniciales L.G., destinado a Laureano Gómez, que no pudo ser entregado por el detalle no menor de los ya bien conocidos acontecimientos del 13 de junio de 1953. Sin embargo su suerte cambiaría dramáticamente en Venezuela en donde encontró su ‘dorado personal’[4], ya que por mandato del dictador Marcos Pérez Jiménez, le fue concedido el encargo de crear una novela que se desarrollara en ese país, tarea para la cual ya se habían considerado nombres como el de Ernest Hemingway y Albert Camus. De esta forma nació La catira, otra de sus obras notales, que le representó una gran fortuna.

El acontecimiento de Venezuela representó el final de las angustias económicas para Cela y también un breve de receso de su creación literaria que terminó con la publicación de San Camilo, 1936, novela que sorprendió a la crítica con un personaje central que ejemplifica el individualismo y se aparta del influjo de las ideologías políticas, en el cual se trató de hallar indicios de la inaprensible ideología política del autor, que permaneció para siempre como el secreto mejor guardado.

Lo que sigue es ya historia conocida y documentada, excepto tal vez por las campañas que él mismo lidero para acelerar su nombramiento como miembro de la Real Academia Española en 1957, pero sobre todo para ser tenido en cuenta en la consideración de la Academia Sueca como candidato al Premio Nobel de Literatura. Este proyecto comenzó en 1972, bajo el nombre de ‘Misión Fittipaldi’[5], cuando su hijo Camilo José Cela Conde fue enviado a Estocolmo para allanar el terreno para la nominación de su padre y llegó a feliz término en 1989, cuando el escritor gallego recibió ese galardón. Este episodio deja una vez más en evidencia su confianza en sí mismo y la ausencia de ese mal tan común entre los artistas, la falsa modestia, de la que CJC, nunca pareció padecer.

La lectura de esta y otras anécdotas, varias de ellas relatadas involuntariamente por el mismo autor mediante sus cartas, dan sentido a muchos episodios incomprensibles y hacen de este libro –en esencia una entrañable historia familiar– un elemento fundamental para afrontar con otros ojos la vida y obra de Camilo José Cela, así como para juzgar algunos de sus acciones más polémicas con benévola actitud.

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