Revista literaria Túnel de letras, No. 5, mayo de 2015.

“¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumergido en la nostalgia de un paraíso perdido, para compensar las utopías, proponer un futuro para nosotros?”. Julio Cortázar

Como ya empieza a hacerse costumbre, las semanas que precedieron a esta edición estuvieron marcadas por un vértigo alucinante, que por fortuna dejó más que pocas horas de sueño y mucho cansancio y que en un giro inesperado me vio embarcado en un viaje que durante años había anhelado, a un lugar fascinante, que solo se puede intentar comprender cuando se recorren sus calles, interminables y mágicas. Un lugar de todos y de nadie, un colosal amasijo de culturas, tradiciones e idiomas en donde conocí el verdadero significado del paraíso perdido.

Amada y odiada, esa gigantesca estructura hecha de cemento y sueños, que dista mucho de la noción idílica de una interminable llanura con vegetación exuberante, es el escenario perfecto para descubrir el porqué de la búsqueda de ese lugar íntimo y sagrado que puede encontrarse en los detalles más insospechados, una fotografía, una canción, una receta casera, un leve aroma, o simplemente el calor de un abrazo.

Ese anhelado y etéreo Olimpo compuesto por selectivos recuerdos, creencias y quimeras, pero sobre todo por la secreta obligación de reparar el resultado de ancestrales derrotas impuestas por la historia, o por lo que algunos llaman sino, ha nacido de la necesidad de creer en la existencia de un estado mejor, de escapar de la realidad aunque sea en los más recónditos deseos, que ha llevado por siglos a los hombres al lugar común de su búsqueda.

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