Todo el glamur, la fascinación y los destellos cegadores de grandeza de una generación pueden representarse a través de un solo nombre: Jay Gatsby, enigmático millonario originario de Dakota del Norte, cuya aparición casi fantasmagórica en Long Island, N.Y., lo convertirá en el centro de atención de una sociedad ávida de ídolos a los que venerar por las razones menos indicadas, que sin vacilar lo hará depositario de su admiración, gracias a sus proverbiales fiestas, su espléndida mansión y su atractiva personalidad.

Su gran fortuna obtenida por medios desconocidos y a tan corta edad -apenas superaba los treinta años- pero sobre todo su inescrutable pasado, ayudaron a construir la leyenda  alrededor de su figura y propiciaron las inverosímiles hipótesis acerca de su vida, que incluían varias historias de espionaje para distintas banderas y otras menos románticas que implicaban muertes violentas.

Su esperada aparición en escena, discreta, ordinaria, casi accidental, contrasta con el halo de misterio que lo precedía y evidencia en el comienzo mismo del relato, su asombrosa levedad y vulnerabilidad, logrando incluso tomar por sorpresa a Nick Carraway narrador de la historia, de quien se vale su autor, F. Scott Fitzgerald, para dar vida no solo a Gatsby, sino también a un puñado de personajes sin los que su existencia no sería posible, siempre en medio de una perniciosa banalidad, de la que ninguno de los involucrados será ajeno.

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