Revista literaria Túnel de letras No. 3, mayo de 2014.

“La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro”

En 1984 Svetlana Savítskaya se convirtió en la primera mujer en caminar en el espacio, Indira Gandhi fue asesinada por su propio guardaespaldas y el mundo entero conoció la gravedad de la hambruna en Etiopia. El checo Jaroslav Seifert recibió el Premio Nobel de Literatura y Amadeus fue considerada por la Academia como la mejor película del año, mientras que las salas de cine de todo el mundo se llenaban para ver por primera vez a Indiana Jones, Los cazafantasmas, Pesadilla en Elm Street, o Terminator. El ritmo de los zombis de Michel Jackson se convirtió en el paso de baile más famoso en el planeta y la radio repetía hasta el cansancio canciones como Radio Ga Ga de Queen, I just called to say i love you de Stevie Wonder y Forever young de Alphaville. Estados Unidos organizó unos enrarecidos Juegos Olímpicos y Michel Paltini ganó el Balón de Oro.

Sin embargo, en el 1984 orweliano, el mundo era bastante diferente: La guerra era la paz, La libertad era la esclavitud y La ignorancia era la fuerza; la división geopolítica del globo se reducía a solo tres grandes naciones y la más importante de ellas: Oceanía, se había aliado con Eurasia para vencer a Asia Oriental, o… ¿Estaba en guerra contra Eurasia y contaba con el apoyo de Asia Oriental? En fin, no era fácil saberlo.

Los ministerios de la Paz, de la Justicia y del Amor, se encargaban de todo, la  historia, los recuerdos y la verdad, las manifestaciones culturales y el desarrollo científico se fabricaban o modificaban, según las necesidades de turno, las libertades individuales eran una quimera y no había espacio para la razón. Dos más dos eran cinco, y lo más importante, el Gran Hermano siempre estaba vigilando y conocía hasta los más efímeros pensamientos.

“El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”

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